Ait Ben Haddou. Un lugar de cine.

Posted by | Posted in viajes | Posted on 12-02-2012

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Ait Ben Haddou es una ciudad idílica que se encuentra más o menos en el centro de Marruecos. Una ciudad que merece la pena visitar. Una vez allí, las sensaciones se amontonan en la mente del viajero, se encuentra uno ante una ciudad medieval que perdura en el tiempo tal cual fue construida. Los callejones de esta vieja ciudad nos trasladan a épocas que no hemos conocido en persona pero sí en el cine. Precisamente es en esta ciudad donde se han rodado algunas de las escenas de películas como Lawrence de Arabia o Gladiator.

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Lo normal suele ser llegar allí en taxi desde alguna ciudad cercana, por ejemplo el viaje desde Oarzazate hasta Ait Benhaddou no tiene desperdicio. Es una hora y media de viaje por una carretera que se funde con el entorno que tiene el mismo color que los edificios que vemos en la foto de arriba. Cuando uno llega a la ciudad es recibido por una comitiva digna de “Bienvenido Mr Marshall” compuesta por todos los niños del lugar e infinidad de artesanos que ofrecen toda clase de abalorios. La kasbah, como se conoce la parte vieja y más vistosa de la ciudad, tiene dos accesos, uno de ellos es un puente que pasa por encima de un río que está seco la mayoría del año y el otro acceso es cruzando directamente por el cauce del río mismo.

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Los lugareños recomiendan dar un paseo rodeando la ciudad, no lleva mucho tiempo y se aprecia bastante bien la magnitud del lugar ya que cuando uno esta dentro sólo alcanza a ver lo que tiene delante entre calles estrechas llenas de escaleras, cobertizos y esquinas que guardan historias desde hace siglos.

Por: Jon Elicegui Garciandia

Fotos: Wikipedia.org

Sorpresas en el noroeste

Posted by | Posted in viajes | Posted on 09-02-2012

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La mochila pesa más cuando la moral está baja. Y la nuestra se arrastraba como una lombriz. Divine, un oficial de inmigración de Ghana, natural de Ada, nos daba ánimos y nos proponía excursiones por los alrededores de la frontera como alternativa al chasco de no haber cruzado a Burkina Faso.

En las afueras de Paga hay una laguna donde unos cocodrilos devoran trozos de pollo para regocijo de los turistas. Malditas las ganas que teníamos de  ver cocodrilos e incluso de pasear sobre sus lomos. Le dimos las gracias y nos regresamos a Bolgatanga. Una buena ducha, una buena comida y una buena cama resucitan a cualquiera.

Tongo, Patrimonio de la Humanidad

En el camino de vuelta, descubrimos un cartel curioso: Tongo. Parecía una burla del destino, pero cogimos un tro-tro y nos acoplamos a una norteamericana, voluntaria de los Cuerpos de Paz, que trabaja en la zona.  Nos dio información sobre el  lugar y nos indicó dónde conseguir una moto para llegar al centro de visitantes de este pequeño pueblo. Allí coincidimos con un grupo de voluntarias austriacas y esperamos acontecimientos.

Se trataba de una aldea perdida en mitad de un desierto, rodeada de piedras y de pequeñas colinas. No se veían cultivos ni apenas verde en derredor. Me preguntaba a qué se dedicarían sus habitantes y cómo podrían vivir en unas condiciones tan duras. Llevan haciéndolo generación tras generación y las preguntas son pura ignorancia. La gente sobrevive, disfruta de su entorno y es feliz con lo que tiene. La mayoría no ha salido de la región y no lo harán. No tienen ninguna necesidad. Ellos no cambiarían sus tradiciones por nuestra modernidad. Si acaso, algún control sobre la naturaleza, alguna forma de evitar las sequías, alguna información sobre las cosechas y algunas cabezas más de ganado… pero nada de edificios, de ajetreo o de bullicio.

Los británicos se las tuvieron tiesas con la población local para hacerse con el territorio a principios del siglo pasado. Los Talensi no dejarán la tierra de sus antepasados salvo que ocurra una catástrofe y, de momento, a pesar de la pobreza, van tirando.

Me llamó la atención que utilizaran el fuego para purificar la tierra, algo que Mr Djlabletey, nuestro anfitrión en Tamale y responsable de medio ambiente en la región, criticaba amargamente.

La comunidad mantiene sus creencias animistas, su estilo de vida ancestral y los jóvenes, con el consentimiento de los ancianos, han montado un proyecto de turismo comunitario como fuente de ingresos adicional para enseñar su pueblo a las pocas personas que se dejan caer por allí. Llevan unos años detrás de la UNESCO para ver si lo declaran Patrimonio de la Humanidad. Vaya desde aquí nuestro apoyo para que lo consideren.

Cuando sopla el harmattan, entre diciembre y marzo, en el interior de sus cuevas se escucha el viento de una forma peculiar. El roce con la piedra lo convierte en algo mágico y a oscuras uno se imagina leyendas de otro tiempo. Cuentan, que hace muchos años, los Talensi se reunían allí para transmitir su cultura y de ahí que posean una rica tradición oral. Como corresponde, los mayores hablaban rodeados de los menores. Y estos escuchaban atentos. Roger, nuestro guía, era uno de aquellos niños. Hoy nos sienta como antaño y nos pide silencio. Cerramos los ojos y evocamos otra época, otro mundo, otra forma de vivir.

Sus casas son pintorescas por fuera, de formas circulares, y frescas por dentro. Están construidas de adobe y recubiertas por una fina capa de cemento. Duermen sobre jergones o esteras, cocinan en el exterior sobre una hoguera y honran a sus difuntos manteniendo sus tumbas cerca de la entrada principal de las casas. Se agrupan por familias. Mantienen algunos de los objetos que estos utilizaron en vida como recuerdo constante de quiénes son.

Visitar al Chief, encargado de solucionar los entuertos de los vecinos, es también una experiencia. Aquí rige la ley del país, claro, pero está demasiado lejos de ningún lugar para que un oficial de policía o un juez intervenga en los asuntos locales. El Chief es el que manda y el que aconseja, y su voluntad es aceptada. Antes de entrar en ningún lugar hay que pedirle permiso, explicarle quiénes somos, de dónde venimos y qué queremos. Autoriza nuestra visita y nos invita a recorrer su casa, que es laberíntica, y desde cuya azotea se tiene una magnífica vista del entorno.

Ritual local

Sin embargo, lo que más nos impresionó fue conocer a la autoridad religiosa local. Para hacerlo, hay que caminar hasta lo alto de una colina, desvestirse de cintura para arriba -hombres y mujeres-, subirse los pantalones hasta la rodilla y  descalzarse. Acompañados de Roger iniciamos la ascensión. Las austriacas volvieron a casa. El pudor occidental pudo más que la curiosidad.

Escalar una montaña medio desnudos y descalzos no deja de ser algo extraño. Al pie de la colina, están las calaveras de los burros, las cabras y vacas sacrificadas. Entre las rocas, se aprecian restos de la sangre derramada. A partir de un punto determinado, ya no se admiten animales grandes. Roger nos explica que responde a una razón práctica, ya que pesan mucho y no pueden cargarse entre las rocas sobre la espalda.

Durante toda la escalada, como si fueran las migas de Pulgarcito, hay plumas de un ave parecido al pollo -sin serlo- que es el animal estrella para las ofrendas. Después de un rato de subida, nos presentamos en lo alto de la colina y allí la autoridad religiosa nos preguntó por nuestros problemas, nuestros anhelos y nuestras preocupaciones. Solucionar cada cuita cuesta una pequeña donación: comida, bebida, ropa… Nosotros sólo llevábamos dinero y le entregamos una pequeña cantidad de cedis, unos tres euros al cambio.

No teníamos grandes preocupaciones que contarle, pero queríamos saber cómo vive, cómo trabaja y teníamos ganas de conversar con él. Él estaba dentro de una cueva, en penumbra, rodeado de plumas de ave, también semidesnudo, y nosotros nos sentamos de lado, casi dándole la espalda, un poco más elevados. Era una conversación difícil con el guía de intérprete y se parecía remotamente a una confesión cristiana. Antes de que anocheciera, emprendimos la retirada.

En Tongo no hay ningún lugar para dormir aunque Roger nos contó que les gustaría adecentar algunas de las casas locales para que los turistas puedan pernoctar en la comunidad. Charlamos de ello mientras esperábamos en mitad del camino que una moto o cualquier otro vehículo nos devolviera a algún otro lugar más habitado donde enganchar transporte hasta Bolgatanga.

En África siempre hay personas en la cuneta, esperando ir a un lugar u otro. Y allí nos quedamos, con tranquilidad, asistiendo a una de esas puestas de sol que en sitios como este se aprecian con mucho gusto.

La joya de Ghana

A la mañana siguiente, otra vez en la carretera, pusimos rumbo al noroeste, en busca de Larabanga, la mezquita, y probablemente el edificio, más antiguo del país. Después de algunos años de desacuerdo, parece que historiadores y religiosos han fechado su origen en 1421. En cualquier caso es una joya arquitectónica que nos dejó maravillados y la fundaron los primeros musulmanes que llevaron el Islam a África Occidental.

Visitar Larabanga es iniciar un viaje al pasado. Según nos contaron, un Corán tradicional se encuentra en su interior, pero los no creyentes no pueden acceder, y no pudimos comprobarlo. Es un lugar sagrado y muchos musulmanes de la zona peregrinan hasta él.

El trayecto hasta la comunidad qué la acoge también es de otro mundo. Las construcciones de adobe circulares coronadas por techos de paja, quizás parecidas a las tatá somba de Benín, se hacen evidentes a cada paso, como la pobreza y la aridez de toda la región. La gente es amistosa, reciben al visitante con hospitalidad y es sencillo participar de la vida cotidiana.

Siempre hay que andar con cuidado al tratar los asuntos políticos espinosos, pero conversamos sobre la situación que han provocado los atentados de Boko Haram en la vecina Nigeria. Desde Navidad, el norte de este país se encuentra en estado de emergencia, con varios atentados que han dejado un reguero de muertos cristianos. Algunos han sido contraatacados, y el gobierno también ha llevado a cabo detenciones. La situación es muy grave. Nosotros estábamos en la zona musulmana más pobre de Ghana, caldo de cultivo para el radicalismo en otras latitudes, pero aquí rechazan abiertamente el conflicto. El Islam, nos recordaron, apuesta por la tolerancia, el respeto y la convivencia de las religiones. Aquí, los imanes animan a sus feligreses a rezar por la paz.

Elefantes en Mole

Junto a Larabanga se halla una de las maravillas de Ghana que exaltan las guías de turismo, el parque nacional Mole. He contado en otras ocasiones que la naturaleza y la fauna de Ghana no son comparables a las de otros lugares del continente, pero este es uno de los pocos lugares del país, si no el único, donde pueden verse elefantes. Darse una vuelta por el parque es barato y puede hacerse a pie, junto a un ranger armado.

Como digo, los elefantes son la estrella del parque y nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos a cuatro mientras se bañaban. Allí nos sentamos a ver cómo los paquidermos disfrutaban de su vida en libertad. De vez en cuando, algún antílope pasaba a nuestro lado y, junto a la charca, podían apreciarse cocodrilos tomando el sol.

La jornada siguiente tocaba madrugar de nuevo y comenzar la vuelta a Ada. Quedaban por delante unas cuantas jornadas de viaje. La moral ya estaba alta.

Desaparecen las fronteras… y algunos no se enteran

Posted by | Posted in viajes | Posted on 27-01-2012

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Tiene su encanto eso de volar a Basilea: aterrizas en Suiza, sales por Francia y allí pillas un autobús que te lleva a Alemania. La parte de atrás del autobús la ocupan estudiantes españoles, unos 8 o así. Hablan a voz en grito y cuentan sus hazañas y sus planes para ese fin de semana. Al cabo de un buen rato, uno pregunta:

- ¿Estamos ya en Alemania?

- No, tío, si no hemos cruzado la frontera? – contesta uno.

- Si ahora ya no se ven – indica otro, el más enterado.

- ¿Por…? – quiere saber el de la frontera.

- El “espai Schengen”… – dice el enterado.

- ¿Y eso qué es? – pregunta otro.

Otra vez el enterado:

- Pues lo del euro…

Y el que preguntaba dice:

- No sé, tío, Alemania y Suiza son países serios. Seguro que tienen fronteras serias…

El caso es que llevamos ya un buen rato en Alemania.

A la vuelta, el autobús me deja delante del aeropuerto, en Francia. Dentro del aeropuerto, paso un par de veces de Francia y Suiza y viceversa. No hay nadie por allí ni mirando ni controlando. Son países serios…

(Viaje a Friburgo, Conferencia en “Café Europa” de la Escuela Superior de Magisterio, 26 de enero de 2012)

Una caja de recuerdos

Posted by | Posted in viajes | Posted on 25-01-2012

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Tengo una caja pequeña en la que guardo ciertas cosas que traigo de mis viajes: la tarjeta que abre una habitación de hotel, algún ticket de tren, credenciales para eventos, varios boarding pass mal deprendidos y rayados, mapas, algunas fotos recortadas, posavasos, servilletas curiosas; un bolígrafo sin tinta.

Es una caja un poco romántica. Va acumulando recuerdos y vuelvo a ella -o a ellos- cada vez que estoy planeando un nuevo viaje. Quizá guardé allí alguna ruta, un mapa que me serviría para otra ocasión; un algo que me dará pistas para lo nuevo que estoy por hacer. A lo mejor no encuentro nada, pero ir sacando todo y dejarlo nuevamente allí, en desorden, es un ejercicio a la memoria, un llamado a la nostalgia.

De alguna manera esa caja también guarda mis angustias. Esos nervios que me dan cuando estoy a punto de comprar un boleto de avión por teléfono y pienso que no están escribiendo bien mi apellido o la dirección de mi casa. La cosquilla dramática que me da en el counter de la aerolínea cuando el que me está atendiendo frunce el ceño y me pregunta hace cuánto hice la reserva. O esa espera eterna en la correa de maletas y ver pasar a todas, menos la tuya.

Lo más tragi-cómico que me ha pasado en mis viajes ha sido un vuelo Madrid-Zurich que perdí porque me equivoqué de horario; un vuelo Caracas-Atlanta-Nueva York que se retrasó siete horas; un vuelo nefasto Valencia-Bonaire en medio de una tormenta eléctrica; y una maleta que llegó a Nueva York tres días después y justo cuando regresaba a Caracas. No me quejo. He leído cualquier cantidad de desventuras, que después pasan a contarse como un chiste y a tener un lugar propio dentro de una caja.

Hace poco leí que la nostalgia ayuda para viajar y es cierto. La prueba está en que vine aquí a escribir sobre la emoción que genera planear un viaje, y terminé escribiendo algo muy distinto. Culpa de la caja y de los recuerdos.

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