Hoy me he despertado un poco nostálgica.
Hace un año mis chicos y yo paseábamos bajo el sol africano entre el bullicio de la plaza Jemaa Le Fna, en Marrakech. Así que mientras desayunábamos he sacado el álbum de fotos de la estantería y me he puesto a recordar.
Todo empezó, como siempre, ojeando las ofertas de las líneas low cost. Encontramos unos billetes en Ryanair casi-regalados (es decir, pagados entre todos a base de subvenciones) que coincidían con nuestros días libres. Era casi imposible decir que no, pero aún así nos costó decidirnos porque Bruno tenía dos años y ni el sr Picos ni yo habíamos estado antes en Marruecos y no sabíamos muy bien lo que nos podíamos encontrar. Pero después de darle bastantes vueltas, consultarlo con amigos que conocían la ciudad, investigar en internet y preguntarle al pediatra, hicimos nuestras maletas y nos fuimos de excursión.
Era nuestro primer viaje en avión con el peque y los tres estábamos muy emocionados. A nosotros nos ilusionaba la idea de viajar, de conocer una ciudad nueva, una cultura diferente y todas esas cosas que decimos los mayores. Pero para Bruno lo realmente emocionante no era el viaje, sino el hecho de VOLAR. Porque a veces se nos olvida que vivimos rodeados de cosas increíbles. Piénsalo un momento, SOMOS CAPACES DE VOLAR, ¿no es asombroso? (eso sí, que no nos pidan cosas difíciles como un sistema de aire acondicionado capaz de contentar a toda una oficina)

Nada más pisar suelo marroquí tuvimos la sensación de que estábamos en otro mundo, en otra estación e incluso en otra época. Teniendo en cuenta que en Santiago habíamos dejado un día frío y lluvioso, el sol de Marrakech nos alegró la vista y nos calentó el corazón.
Y en cuanto divisamos desde el taxi las murallas de la medina entendimos por qué le llaman La Ciudad Roja.


Aunque, para ser sinceros, no todo fue tan bonito. Hubo un momento, cuando el taxista nos dejó en la entrada de un estrecho callejón y nos explicó que para llegar a nuestro Ryad teníamos que seguir a pie, en el que tuvimos serias dudas sobre si habíamos escogido el mejor lugar para alojarnos . Lo que en internet nos había parecido una ancha calle peatonal, la Rue Riad Zitoun El Kedim, era realmente un callejón de tres metros por el que apenas cabía un carro (y no es una manera de hablar) y en el que de cada puerta surgía una pequeña tienda que invadía la calle con sus productos.




Afortunadamente la duda nos duró lo que tardamos en recorrer los escasos 40 metros hasta la puerta del Ryad Nesma. Allí pudimos comprobar que habíamos hecho una gran elección. El pequeño Ryad es un oasis en medio del caos de callejones, bicicletas y carros. No solo es un sitio agradable y muy tranquilo, sino que además todo el personal es encantador y consigue crear un ambiente familiar que nos hizo la estancia realmente cómoda. Las 7 habitaciones de la casa dan a la fuente del patio central y allí todos los huéspedes compartíamos idas y venidas. Incluso una noche tuvimos sesión futbolera viendo todos juntos el partido de la copa del Rey en el salón de televisión.
En cuanto a la ciudad, hay tanto por ver, que no se por donde empezar… aunque nuestro sitio favorito es sin duda
la plaza Jemaa El Fna ساحه جامع الفنا
La plaza Plaza Jemaa El Fna es el corazón de la Medina.
Durante el día puedes tomar un zumo recién exprimido en cualquiera de los puestos de fruta, comprar unos dátiles para endulzar la mañana, hacerte una revisión bucal en cualquiera de los dentistas que ofrecen sus servicios en el medio de la plaza con apenas una silla plegable y media docena de aterradores aparatos (recomendado solo para valientes o desesperados), sacarte una foto con los monos para turistas (después no te quejes si te pasas el resto del viaje rascándote), tomar un refresco en cualquiera de las terrazas o simplemente pasear al sol del invierno mientras rebuscas en los puestos de souvenirs. En la plaza todo es movimiento. Las motos y las bicicletas cruzan en todas direcciones poniendo a prueba los reflejos de los turistas, mientras la gente aparece y desaparece por las numerosas callejuelas del zoco que desembocan en la plaza.
Pero si de día la plaza es todo un espectáculo, al caer la tarde se convierte en un lugar absolutamente inolvidable. Uno a uno van llegando decenas de carritos que en unos minutos se convertirán en “restaurantes portátiles”. La plaza se convierte en un gran estructura en construcción y poco a poco se va cubriendo, desplegando, encendiendo.. Hasta quedar totalmente inundada de nuevos olores y sabores. Es entonces cuando llegan los contadores de historias, los músicos, los bailarines vestidos de odaliscas, las tatuadoras de henna, los encantadores de serpientes… y uno se siente un poco en las mil y una noches.
Por algo la Unesco nombró a esta plaza, en 2001, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad
Pues todo lo que te pueda contar de la plaza se multiplica los viernes. Es el día en que los musulmanes celebran su “día festivo” y el ambiente me recordaba mucho a las fiestas de mi aldea, pero a las de hace muchos años, cuando se celebraban de verdad. Aquellas fiestas en que a los niños nos ponían la ropa nueva, íbamos todos a misa y antes de juntarnos para comer en casa de los abuelos ibamos a echar un baile en la sesión vermouth.
Esa sensación de estar en otra época diferente y conocida me acompañó durante todo el viaje. Las señoras con pañuelo me recordaban a las mujeres de la aldea que en vez de “jiyad” llevaban “pano”. Los hombres rudos, lucían un bigote como el que se estilaba aquí no hace tanto. Las motos sencillas y cargadas con familias enteras, eran como las que usaban en el pueblo de mi madre para ir a trabajar a la fábrica (los que se lo podían permitir). Creo que estamos bastante más alejados de Marruecos en años que en kilómetros y supongo que eso mismo es lo que les pasa al resto de Europa con nosotros (aunque esto nos duela más reconocerlo).
Pero hablaba de la plaza. Desde el primer día éste fue nuestro lugar de referencia. El lugar donde acabábamos siempre después de perdernos durante horas en el zoco, donde buscábamos la mejor terraza para cenar, donde paseábamos a media mañana mientras planeábamos nuestra siguiente visita, donde veníamos a coger una calesa que nos llevara a los barrios más alejados de la medina…




El zoco سوق
Viajar con un niño acostumbrado a madrugar implica seguir madrugando también en vacaciones, así que éramos los primeros en subir a desayunar y los primeros también en salir de paseo. Esto nos permitió conocer una ciudad distinta, de calles casi desiertas, tiendas cerradas y comerciantes preparando con mimo sus pequeños locales. Fregando su trozo de calle, colocando sus productos, tomándose un té.



Y pudimos ser testigos de como, poco a poco, el zoco iba cobrando vida.




A Bruno le gustó mucho el Palacio el Badir, porque allí dentro pudo correr a sus anchas, sin motos ni bicis a su alrededor. Además había un montón de cigüeñas descansado en sus muros




La Koutoubia, el Jardin Majorelle, el Palacio Bahía, la Madrasa Ben Youssef, el museo de Marrakech… hay tantos sitios interesantes que no llega un post para hablar de todos.




Pero Marrakech no es solo la madina, con sus palacios, su zoco y sus murallas, también tiene un lado moderno y cosmopolita, con sus tiendas de Zara y todo… y en pleno boom inmobiliario.

Durante todo el viaje pudimos comprobar que la vida en marrakech se divide en dos, la vida de los hombres y la vida de las mujeres. A ellos los vimos trabajando, paseando, charlando, sentados en las terrazas de los cafés, en la pelu, si, si, como lo oyes. Nos llamó la atención la cantidad de barberías que vimos, claro que teniendo en cuenta la cantidad de bigotes por metro cuadrado, es lógico.


A ellas las encontramos en las zonas menos turísticas, vendiendo productos para los vecinos de la medina (por cierto, todo a granel, desde los garbanzos hasta el jabón), haciendo sus compras, cuidando de los niños . También pudimos verlas paseando el viernes, la mayoría en grupos de mujeres, aunque también señoras al lado de sus maridos, e incluso algunas parejas de jóvenes. Solo cuando visitamos la zona más moderna de la ciudad, fuera de las murallas encontramos mujeres trabajando en comercios, bares, hoteles e incluso sentadas en las terrazas de las cafeterías sin pañuelo (hiyab حِجَاب )



Por cierto, seguramente todavía se habla de nosotros en alguna tienda del zoco, porque fuimos una auténtica atracción. La imagen era esta, una pareja de extranjeros por el zoco con un bebé,hasta aquí todo normal. Pero en vez de ser la mujer la que va con el niño detrás del hombre, es el hombre quien carga al niño en su regazo, en una mochila portabebés, mientras la mujer va delante chapurreando en árabe con cualquiera que le haga un poco de caso…. Las risitas a nuestras espaldas eran un poco irritantes, pero perfectamente comprensibles, su mundo al revés.. (están locos estos romanos que diría Asterix).

Volveremos.
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